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¿Qué quieres que te haga?
Marcos 10:48-49
Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: !Hijo de David, ten misericordia de mí! Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama.
La intensidad de tus anhelos internos ha de marcar muchas veces la ruta a seguir por las veredas de la vida. A penas si podemos apagar algunos fuegos muy internos hemos de llegar a puerto seguro. Y bueno, un rumor de aguas cristalinas entra en escena recordándonos que no estamos solos, que de la mano del Creador podemos vencer todos los obstáculos gratuitos. Multitudes atreves de los siglos han reconocido que no hay brújula mas certera que la guía del Espíritu Santo de Dios. Que CRISTO a pesar de no ofrecernos un caminar sin dificultades, nos brinda su apoyo en cada suspiro, en cada segundo que vivimos. Jesús, aquel caluroso atardecer en los inviernos, aquel oportuno aliento en el desierto. A él no le importó que muchos pensaran de él lo equivocado. No le importó entregarse voluntariamente al rechazo y la burla aun de algunos a los que un día hizo bien.
Y es que amados, de eso se trata ser cristiano... Reconocer igual a Bartimeo nuestra ceguera espiritual. Un mendigo ciego que sobrevivía de las migajas de unos pocos. Un ciego que anhelaba tanto poder ver con sus ojos carnales lo que sus ojos espirituales seguro sospechaban.
Nunca alguien le había dado esperanza, nadie le había ofrecido la sublime oportunidad de poder ver en una noche estrellada un cometa. De poder contemplar la sonrisa de un niño o la majestuosidad de una margarita. Muchas noches de soledad y a la intemperie, demasiadas tardes de súplica por un mendrugo de pan habían hecho de Bartimeo un hombre de Fe. Que ironía... ¿no les parece? Y, mientras escribo estas líneas medito... ¿Qué nos pasa? ¿Por qué tanto nos quejamos?
Por los comentarios de muchos este sencillo hombre supo del poder que había en las manos y en las palabras de aquel humilde carpintero nazareno.
- "Yo deseo tanto ser sano". - Se dijo. A paso seguido clamó: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí!
Amado, amada. No te rindas... No es hora para la autocompasión y para la ceguera espiritual. Permite a Dios realizar en tu vida ese milagro de apariencia imposible. Toma hoy la decisión de doblar rodillas y orar con fe. De clamar al Dios del universo, al carpintero de las almas. Sí, clama a él y él te responderá. Recuerda, hoy CRISTO te pregunta: ¿Qué quieres que te haga?
Por Serafin Alarcón




